La formación en Terapia Comunitaria Integrativa

Cuando participamos en la formación de primer y segundo nivel, así como en el módulo 3 “Previniendo el desgaste de los cuidadores”, nos vemos llevados a trabajar sobre nosotros mismos, lo que puede llegar bastante lejos.

Buscar en lo más profundo de mí la fuente de mis habilidades, de mis fortalezas como cuidador, tiene algo abrumador, sea sólo porque me viene a decir algo inesperado. Por lo que no se trata de asumir la posición de un observador ideal, idealmente neutral y objetivo, sino la de un ser humano concreto que hace lo mejor posible. Enseguida, somos enviados de vuelta a nuestra subjetividad, obligados a comprometernos, a mostrarnos con nuestros defectos, nuestras heridas, nuestros límites, nuestras (in)competencias.

El entrenamiento nos obliga a aceptar nuestra singularidad, nuestras diferencias, no como atributos indeseables a borrar a toda costa para dejar todo el espacio al otro, sino al contrario como una apertura, una oportunidad: el enfrentamiento de diferencias y similitudes ofrece una especie de superficie reactiva o algo como un cambio que podrá ocurrir.

Inevitablemente, este cambio nos afecta. Por lo que no es necesario que el terapeuta comunitario se haga a un lado. Pero debe conocerse lo mejor que pueda. Sin duda, es en parte por eso que la formación en TCI nos deja esta impresión de estar nutridos, de haber crecido, de haber ganado en desarrollo personal.

Texto de Nicole HUGON (Marsella, Francia)

Scroll al inicio